23/01/2026
Nació en la Ciudad de Buenos Aires, pero su historia está profundamente ligada a Benavídez. Llegó hace más de cuatro décadas y ya nunca se fue. Allí creció, se formó, trabajó y construyó una vida atravesada por el esfuerzo constante, el compromiso y una vocación que, aunque tuvo pausas, nunca se apagó del todo.
Cursó la escuela técnica y, aunque no llegó a finalizar el secundario, esa formación fue clave para lo que vino después. Todavía no había cumplido los 18 años cuando comenzó a trabajar en una empresa metalúrgica y desde entonces no paró nunca. Hoy, con 41, puede decir orgullosamente que jamás estuvo un solo día sin trabaj, siempre guiado por una lógica clara: crecer desde el hacer.
En este tiempo, pasó por empresas grandes y por otras más pequeñas, ocupando puestos de alta responsabilidad, incluso al frente del área de ingeniería. Actualmente es jefe de mantenimiento en la empresa donde trabaja desde hace ocho años.

Pero su historia no se explica solo desde el trabajo. A los 16 años ingresó como bombero voluntario al cuartel de Benavídez. Llegó casi sin darse cuenta, siguiendo a un grupo de amigos del barrio que comenzaron la escuela de cadetes. Con el tiempo, la mayoría dejó. Él se quedó. Y sigue allí hasta hoy.
Durante casi diez años sostuvo la actividad de manera ininterrumpida. Luego, con la llegada de su hijo y una vida laboral cada vez más exigente, tuvo que tomar decisiones. Se alejó un tiempo del cuartel, aunque nunca del todo. “Eso no se va”, dice. Volvió antes de la pandemia, en un momento que marcó un punto bisagra personal. Ya había alcanzado logros importantes, pero también entendió que sostener todo implica elegir prioridades.
"Ser bombero voluntario es mucho más de lo que suele imaginarse. No hay horarios ni garantías. Muchas veces, cuando suena la sirena, puede no haber nadie en el cuartel. El bombero casi siempre llega tarde, no por falta de compromiso, sino porque la vida sucede: se duerme, se trabaja, se está en la calle. Desde que se inicia un incendio hasta que llega el camión pueden pasar veinte minutos, y eso no siempre se ve desde afuera" afirma Nicolás.
También menciona que el funcionamiento del cuartel también depende de los recursos. En ese sentido, destaca el acompañamiento del Municipio de Tigre, que resulta fundamental para sostener y fortalecer el trabajo cotidiano del cuartel. “Sin ese apoyo, no avanzaríamos como lo hacemos”, remarca, y agradece la ayuda constante que permite mejorar el equipamiento, la formación y las condiciones de trabajo.

Dentro de los bomberos, pasó por todas las especialidades: rescate con cuerdas, rescate vehicular, materiales peligrosos y buceo. Incluso realizó capacitaciones en Estados Unidos, siempre representando al cuartel de Benavídez. "No hay tareas completamente seguras: una garrafa puede explotar a centímetros, una estructura puede colapsar, un incendio puede cambiar en segundos”. No habla de miedo, sino de respeto. Respeto por el riesgo, por la formación y por los protocolos que evitan decisiones impulsivas.
En paralelo, el deporte fue siempre una constante en su vida. Empezó a correr a los 11 años, siguiendo a su hermano menor que competía a nivel nacional. Entrenó en la Asociación Atlética del Talar, un espacio sin fines de lucro con casi 50 años de historia, ubicado junto a la estación de El Talar. Allí entrenan unas 120 personas, de todas las edades y niveles.
Hoy no solo entrena, sino que también representa a la asociación y cumple funciones como delegado. Un rol que implica tiempo y esfuerzo. La esencia del espacio se sostiene en la integración, el compromiso colectivo y una historia que comenzó en 1980 de la mano de Abel Acevedo, su fundador.
Abel fue una figura central en su vida. Lo conoció cuando tenía 11 años y lo acompañó hasta el final. Tras su fallecimiento, en 2016, la asociación tuvo que reorganizarse: se conformó una comisión directiva, se estableció un estatuto y de ese modo, se mantuvo viva la esencia del proyecto.
Fue también Abel quien, sin saberlo, impulsó uno de los desafíos más importantes de Nicolás. En 2014, después de ver un video, se propuso correr un maratón internacional. No por la ciudad, sino como tributo. En 2015 decidió que sería Berlín. Viajó solo, con la camiseta del Talar y la bandera argentina. Antes de partir, Abel le dijo algo que todavía resuena: “Olvidate del tiempo, disfrutá cada kilómetro”.

Cuando largó la carrera y vio la Columna de la Victoria, lloró. Para él estar ahí ya era el pináculo de toda su historia. Al regresar, quiso regalarle a Acevedo su medalla pero éste no la aceptó. Un mes después falleció. La musculosa firmada por los chicos de la Asociación Atlética fue colocada en su ataúd; "Se la llevó con él", dice emocionado Nicolás.
Desde entonces, Arce completó 31 maratones: en Buenos Aires, Rosario, Berlín, Miami y Nueva York, además de carreras emblemáticas como la célebre Maratón de San Silvestre. Siempre como atleta amateur, combinando entrenamientos con jornadas laborales extensas y guardias en el cuartel de bomberos. Para él, correr una maratón es una prueba profundamente mental: 42 kilómetros, 42 oportunidades para que algo salga mal, y también 42 chances de superarse.
Hoy, Nicolás Arce sigue corriendo, sigue formándose y sigue siendo bombero voluntario. Sus días empiezan temprano y terminan tarde. No busca reconocimiento ni épica, solo cree en intentarlo. Porque, como suele decirles a los más chicos, es más fácil decir “no puedo” que probar. Y a veces, probar ya es seguir adelante.